[…] Cuando Conay agarró los barrotes para comprobar si podía separarlos, los músculos de sus brazos y su torso se hincharon como globos y se endurecieron como piedras. En ese preciso momento Aurel se dijo a sí mismo que era el candidato idóneo para sus planes. Le acababa de demostrar dos cosas: que era muy fuerte y que era muy estúpido.



