[…] Aurel tuvo que hacerse un sitio en el suelo, en el espacio que quedaba entre los dos grupos de literas. Allí colocó una especie de colchón que los esclavos tenían guardado por si se les rompía alguno de los que usaban. Hacía calor, pero no le apetecía dormir sin nada que lo cubirese, de modo que se quitó la ropa y tapó su cuerpo con una delgada sábana; en palacio siempre dormían así.



