[…] Aurel admiró las oscuras y gruesas piernas del hombre. Llevaba unas botas que se enredaban en la pierna hasta casi alcanzar las rodillas. De estas hasta la oscuridad propiciada por la falda no había nada salvo una piel negra y brillante. El hombre permanecía con las piernas abiertas, pero las abrió más al notar los ojos escrutadores del joven, como invitándole a que acentuara su mirada.



