[…] Eso era justo lo que hacían: atar las muñecas y los tobillos de Conay a las argollas, de modo que no se podría mover de allí. Todavía no habían terminado de atarle cuando vio que la gente de la aldea se aproximaba al altar y lo rodeaba, pero todavía a cierta distancia. Eran todos altos, fornidos y oscuros…



