[…] El espantoso ser resultó ser un hombre, uno que medía casi cuatro metros de altura. Su rostro era del todo humano, salvo por el hecho de que carecía de ojos: no porque se los hubieran quitado, era su estado natural, en el lugar de las oquedades para los ojos solamente había piel. Iba descalzo. Se movía encogido, como buscando algo que se arrastrara por el suelo. Esa cosa que rastreaba se llamaba Aurel y muy probablemente tenía oscuras intenciones para con él. El gigante mostraba su cuerpo desnudo. No se trataba de un hombre normal que era muy alto, sino de un gigante en toda regla, perfectamente proporcionado y cuyos enormes músculos eran todo poder.



