[…] Aurel siguió avanzando hasta una segunda prisión, igualmente vacía, y finalmente encontró a alguien en la tercera, atado a una cruz dispuesta en forma de equis. Era Conay. La cruz de madera tenía dos de sus patas ancladas en el suelo, de manera que el hombre mostraba los brazos y las piernas muy separados, sujetos con firmeza a la cruz mediante grilletes. Tenía los ojos cubiertos con una venda oscura. Aún dormía por el efecto de las drogas.



