[…] Barnio le metía la lengua con auténtico fervor, cosa que a Aurel le agradaba particularmente, aunque a veces le apretaba las nalgas con tanta fuerza que le hacía daño. En un arrebato de placer incluso le palmeó una de ellas con tanto ímpetu que el sonido se escuchó a mucha distancia. El guardia podía obrar con tranquilidad gracias a que su compañero se mantenía bien vigilante justo al lado de la garita, dispuesto a alertar en caso de que alguien se acercara.



