[…] Aurel contempló la escena con la tranquilidad de saber que Conay permanecía siempre pendiente de la chica de turno. No obstante, algo había cambiado, pues el rostro del bárbaro no apuntaba a la mujer sino al propio joven. Cuando Aurel se cruzó con sus ojos sintió que un terremoto le sacudía. Aquello no era el resultado de un accidente o una casualidad, pues Conay sostuvo la mirada y esta era intensa, tan penetrante como el miembro que obraba en el interior de la mujer.



